¿Cómo
abordar a un cineasta capaz de dirigir hasta siete
películas por año y que encima casi la totalidad
de sus obras son desconocidas en Occidente? ¿Cómo
acceder a ese mundo de perversión, locura y frenesi
que desconoce de géneros porque los aborda a todos
para terminar formando uno propio (el miikeismo)?
Las festivales, los DVD importados, los Divx y
las copias piratas nos han venido dando la oportunidad
de conocer a un insano hombre llamado Takashi
Miike. Y la verdad, nada será igual luego
de adentrarnos en la cabeza este ecléctico buen
señor.
El
tardío y limitadísimo estreno en Argentina -solamente
se la proyecta en el Microcine Godard, en su versión
completa en DVD (1)-
de "Audition" (2000) no deja
de ser un bizarro regalo navideño, una invitación
preferencial a acceder a la pervertida mente de
Miike. Adaptación libre de una novela de Ryu
Murakami (2), la película
nos muestra a Shigeharu Aoyama (interpretado por Ryo Ishibashi), un productor viudo que
con cincuenta y tantos años de edad y una cómoda
posición económica, quien desea volver a formar
una pareja para el resto de sus días. Sin embargo,
el temor a equivocarse, a encontrarse con una
mujer que sólo se interese en dinero, lo lleva
a aceptar la extravagante propuesta de un amigo:
hacer un casting de mujeres, tomando como pretexto
la producción de una película ficticia, protagonizada
por un chica que se ajuste a los deseos del viudo.
No muy convencido, Shigeharu sin embargo se deja
llevar por lo disparatado de la propuesta, hasta
que encuentra la ficha de una intrigante joven
llamada Asami (Eihi Shiina).
Hasta
ese punto de la película el relato se desplaza
tranquilamente por los caminos del relato clásico,
rondando el drama romántico y permaneciendo ausentes
los elementos grotescos preanunciados por la fama
del director. Esa plácida primera parte no es
más que otra manipulación de Miike hacia el espectador,
una falsa ilusión de que las cosas pueden llegar
un buen rumbo, e incluso a un happy end.
Pero como buen manipulador, Miike sabe cuando
mostrar sus cartas, impregnando a la segunda parte
de un tono surrealista y opresivo, signado por
lo imprevisible. Justamente es la falta de límites
lo que torna aterradora a la película, todo puede
pasar. Y de hecho pasa, llevando al espectador
a la perturbación completa, exponenciada por una
carga onírica y una puesta en escena, que torna
inevitable las comparaciones con David Lynch.
¿Es
"Audition" una película sobre la opresión
y explotación de la mujer? ¿Es un estilizado ejercicio
del sadomasoquismo? ¿Es una maquinaria infernal
en la cual entremezclar el relato clásico con
la onírica narrativa vanguardista? Es todo esto
y más, porque al desistir de dejar un mensaje
moralista, la película se torna más pura y compleja
y las lecturas son múltiples. Además Miike no
nos muestra una crueldad cinematográfica, la suya
no es la violencia artificial propia de Hollywood,
sino un registro del sufrimiento humano puro.
Ver
"Audition" es subirse a una montaña
rusa sin cinturón de seguridad, sabiendo que se
saldrá herido. ¿Pero acaso es posible negarse
a ese paseo?