Luego de varios años de idas y venidas, vuelve
Sharon Stone en la piel de la escritora-psicópata Catherine Tramell en una nueva entrega de
“
Bajos Instintos 2: Adictos al Riesgo”. Esta vez sin Michael Douglas ni la
dirección de su ex-marido Paul Verhoeven, pero con un elenco europeo sumamente
respetable: David Morrissey, Charlotte Rampling y David Thewlis. El director
escocés Michael Caton-Jones tampoco puede pasar desapercibido si observamos su
filmografía previa, como “Rob Roy”, “El Chacal”, Doc Hollywood.
Si nos
preguntáramos que aporta una secuela de esta clase, a nuestra mente vendría una
respuesta del estilo “todo el mundo quiere verla cruzarse de piernas”.
No obstante esta amarga verdad, partiendo de ideas básicas, repetidas y a veces
absurdas, sólo un punto de vista diferente puede hacer la diferencia. Y es ahí
donde “Bajos Instintos 2” sobresale, pero no mucho...
Cuando una serie de
asesinatos la ubican nuevamente en el banquillo de acusados, ya sea por
relación directa con las víctimas o por el efecto que causa en sus lectores,
empecinados en llevar los crímenes de sus novelas a la vida real. Ella disfruta
una vida lujosa y socialmente correcta, ahora trasladada de las calles de San
Francisco a la alta sociedad de Londres. Unos fuertes minutos iniciales donde
ella recibe placer de su acompañante mientras recorre la ciudad a alta
velocidad conduciendo un Spyker V8 Laviolette, fabricado especialmente en
Holanda para esta producción, dan una idea de lo que podemos presenciar a lo
largo del filme, o no tanto...
El mismo psiquiatra
forense que ayuda a la Scotland Yard en su acusación, es ahora el encargado de
atenderla, a pesar de que su profesionalismo intenta evitar todo contacto,
conociendo de antemano el tremendo peso de resistirse a la tentación de una
mujer atractivamente peligrosa. El rostro del Dr. Michael Glass no puede ser
más perfecto, al conjugar su alta moral y el deseo carnal en represión. Estos
sentimientos encontrados afloran al tiempo de no comprender si realmente es un mea
culpa o bien está siendo manipulado, en el juego del gato y el ratón, donde
el analista pasa a ser analizado gracias a la habilidad de una escritora que no
tiene rodeos en decir que lo está usando para su próxima novela. Cada encuentro
es un calvario y una lucha por superar al otro, o no permitir ser superado y
por lo tanto quedar en clara desventaja, indefenso, descubierto.
Ahí radica el gran acierto del
guión, donde no hay picahielos como estrellas principales salvo en una vaga
alusión a la primera entrega, sino la mente, dominante o dominada según el
caso, como fin para un medio. No es realmente importante lo que hablan, sino lo
que los personajes murmuran en su interior. La historia prácticamente no se
aparta del Dr. Michael Glass y sus luchas internas u obsesiones que lo llevan a
seguir y observar la adicción al riesgo de su paciente en encuentros furtivos
con el bajo mundo, al borde de la línea delimitada por lo socialmente aceptado.
De más está decir que la performance de David Morrissey le “saca las papas del
fuego” a los puntos bajos del guión, el cual pierde toda coherencia y
credibilidad en el giro final, dejando su interpretación última al espectador y
a una libre interpretación de la ambigüedad de la trama. La estética muy
cuidada del film está presente en todos los aspectos visuales, una Londres en
todo su esplendor arquitectónico donde la fotografía, que difiere totalmente de
la primer película, se asemeja más a la pulcritud y prolijidad de un museo, aún
conservando ese aspecto de vacía desolación.
Mientras se ahonda
cada vez más en el desarrollo de la trama se percibe una cierta confusión
mental, un juego perverso que sale de la pantalla para centrarse en nuestra
cabeza, no como una suerte de acertijos por resolver, sino como una serie de
pistas que indican que todos están incriminados, todos tienen al menos un
motivo para ser culpables, como si se tratase de una novela de Agatha Christie.
Se dice de mí...
El proyecto tardó
14 años en ver la luz y tuvo muchas (tal vez demasiadas) complicaciones y
parates de producción, debido quizá a fuertes críticas sobre el trasero caído
de Michael Douglas, que en ese entonces tenía 48 años y luego de la película
estuvo internado en rehabilitación por su adicción al alcohol y al sexo, o bien
por la ruptura de pareja entre Paul Verhoeven y Sharon Stone, que deben haber
terminado no muy bien que digamos, pues ella dijo a la prensa que mientras
estuvo con él, supo lo que era tener sexo por obligación. La crítica fue
prejuiciosa con ella también, diciendo de antemano que a sus 47 años ya no
estaba para hacer desnudos, demostrando que la frivolidad de la moda y el
espectáculo no permite acceso a las mujeres mayores de 40. Las imágenes hablan
por sí solas, y si bien puede haber cirugías o, lo más probable, tratamientos
cosméticos con cremas, visto como una suerte de parodia a sí misma en su
trabajo previo en Gatúbela (la archivillana encremada), ella está mejor que
nunca, suma de experiencia y sabiduría en el arte de la seducción. Se pueden
entender así, las pésimas referencias en el film a los personajes de la
primera, sobre todo el gatillo fácil del detective Nick Curran alias “the
shooter” (Michael Douglas) y un dejo de sabor amargo a la historia de San
Francisco 14 años atrás. Salvo la decepción del final, la tensión del conflicto
se siente en carne viva mientras los cuerpos se acercan más y más a lo
inevitable, y se devela el oscuro pasado de todos y cada uno de ellos, motivos
por el cual el dedo acusador no permanece quieto en uno solo de los personajes.
Hubo un corte en la
escena de una orgía, obligado por la censura para obtener una R y no un NC-17,
para que los menores de 17 puedan verla acompañados de sus padres y posibilitar
su exhibición en una mayor cantidad de salas. Basta esperar la edición en DVD
“uncut y unrated” hacia el final de la temporada. ¿Vendrá el DVD con un
encendedor del famoso edificio londinense, del mismo modo que la anterior vino
con un picahielo? Rumores hay de una tercer secuela, pero declaraciones algo
negativas de Sharon Stone y la imposibilidad de esperar otros 14 años la hacen
prácticamente imposible, a no ser que un guionista como la gente pueda darle un
giro definitivo a la saga. ¿Qué otro final mejor viendo a Catherine Tramell
siendo masacrada al estilo de las típicas adolescentes sexies de una película
de horror?