Bruce Wayne es todavía un niño cuando un accidente lo marcará para siempre: la caída en un pozo lleno de murciélagos. Es así como se inicia la película. Mediante una estructura narrativa que apela al flashback, este episodio será recuperado en el relato para reafirmar la idea del trauma y su carácter simbólico.
Luego de que sus ejemplares y multimillonarios padres sean asesinados, veremos como en una búsqueda física y espiritual Bruce recorre el mundo, es entrenado y formado en distintas disciplinas por una extraña secta, logra exonerar su culpabilidad en el episodio y así canalizar sus temores y deseos de venganza.
Siendo Christopher Nolan el director, y teniendo como referencia a “Memento” y “Noches Blancas”, sabíamos de antemano que no podrían faltar las indagaciones en los aspectos psicológicos que hacen a la génesis del personaje (el trauma, la culpa, las motivaciones) y el palabrerío exasperante en largas (que se hacen eternas) explicaciones y frases solemnes reveladas como auténticas lecciones de vida.
Por cierto, todo expuesto muy didácticamente. Así nos encontramos en condiciones de entender la complejidad del interior de Bruce Wayne, de acuerdo, pero Batman... ¿cuando inicia?
La brecha desde que empieza el tour de iniciación de Bruce hasta su conversión definitiva en el hombre murciélago es demasiado larga. Esta extensa primera parte que dilata la aparición de la figura de Batman va transformando en tedio lo que debería ser una creciente expectación.
Pero cuando parece que va a ser difícil remontar esa sensación, Bruce se encuentra con Alfred, regresa a Ciudad Gótica, comienza la construcción del héroe... Y ahí es donde la cosa arranca y se empieza a poner buena.
La primera gran incursión del encapotado contra el crimen en la ciudad ya es en esta instancia esperada con ansias; aunque actuando prácticamente en el fuera de campo del encuadre, todavía Batman se dispone como una presencia furtiva para malhechores y espectadores. Lo que nos hace ambicionar por la siguiente aparición, donde el hombre murciélago ya confirmado en su identidad (por los habitantes de Ciudad Gótica y por los espectadores) se mostrará en su esplendor.
Nolan se propone rescatar el aspecto realista del mito. Realismo que se manifiesta en la construcción del personaje. Está claro que Batman no tiene superpoderes ni está dotado de una fuerza extraña o inexplicable.
Es un obsesivo que trabaja meticulosamente su cuerpo, se entrena para perfeccionar sus habilidades y diseña y manufactura artesanalmente muchas de sus armas y accesorios (después de tomar licuados energéticos y hacer flexiones apenas levantado, al Bruce encarnado por el fantástico Christian Bale sólo le resta ir a la cama solar para convertirse en un auténtico psicópata americano).
La parafernalia tecnológica de la que Batman hace uso (como el traje y ese tanque que es el batimóvil) es provista por su aliado Lucius Fox, quien se encarga de la División de Ciencias Aplicadas de las Empresas Wayne; y a la manera de “hágalo usted mismo” vemos al multimillonario herramienta en mano construyendo la mismísima Baticueva (Bruce podría ser el marido habilidoso que sueña toda mujer, pero tiene objetivos más importantes que dedicarse a los arreglos de la casa).
Nolan se toma las cosas muy en serio y tal vez el tono elegido sea por demás solemne. Pero lo cierto es que descartando cualquier gracia, ñoñería e intención paródica, este Batman ultraviolento es un personaje que realmente mete miedo.
Siempre eclipsado por villanos que opacaron su presencia en las anteriores películas, aquí Batman es merecidamente el absoluto protagonista de su propia historia (aunque carecer de un oponente que esté a su altura -ya que el Mal se desgrana en demasiados personajes hasta disiparse- lo termine afectando).
Con esa intención realista a la que hacíamos referencia (las vistas aéreas de una corrompida Ciudad Gótica nos muestran a grandes edificios de apariencia newyorkina lindando con la cuasi villa que forman las decadentes casitas donde viven los seres resultantes de la crisis, sean honestos o malvivientes), Nolan consigue despegarse del estilo visual artificioso de Tim Burton y del barroco y las luces de neón de Joel Schumacher.
Si “Batman inicia” no llega a convencer del todo es debido a una puesta en escena bastante poco elaborada y en exceso fragmentada, a contramano de la riqueza de producción.
La elección de ciertos encuadres habla de una falla en el uso de las posibilidades que atañen a la representación cinematográfica, y el montaje sólo trae confusión a algunas escenas.
Pongamos un ejemplo. Bruce ha sido entrenado en el arte de desaparecer. Los frecuentes escamoteos de Batman nunca se resuelven en el plano, sino que son una idea creada por el espectador a partir de la relación efectuada por el montaje: plano de Batman/contraplano de quien lo tenía enfrente mirando hacia abajo, luego levantando la vista poniendo cara de asombro/plano del lugar donde antes estaba Batman ahora vacío. Esta falta de imaginación para usar el espacio de forma dramática le quita eficacia a las escenas.
Lo mismo ocurre con las peleas, que son una mélange de golpes que no sabemos de quien vienen ni adonde van, creando un vértigo que es en realidad un abrumador desconcierto carente de emoción y potencia.
En fin, que Batman vuelve pronto. Después de esta película dejamos el crédito abierto para que en la anunciada continuación podamos disfrutar de un encapotado en plenitud haciendo lo que mejor le sale: persiguiendo criminales por las calles (y los cielos... ¡porque ahora Batman pude volar!) de Ciudad Gótica.