"Big
Fish" es una película que conmueve. Pero no lo hace
por ser el marco de sucesos vacíamente trágicos o marketineramente
tristes sino porque con ella el espectador tiene la oportunidad
de presenciar algo muy grande: el fin de la vida de un hombre
que vivió intensa y felizmente, alejado de temores absurdos,
como pocas personas podrían jactarse de hacerlo en estos
tiempos. Y, en consecuencia, tiene la oportunidad de reflexionar
sobre su propia vida.
Es
por ello que lejos de resultar deprimente y lacrimógena
como la mayoría de las películas que tratan centralmente
el tema de la muerte, resulta gratificante en la medida
en que el protagonista transita caminos olvidados hace mucho
tiempo. Pero de esto lleva algún tiempo darse cuenta. Al
principio del relato, cuando el espectador conoce que Edward
Bloom (interpretado por Ewan McGregor en su juventud
y por Albert Finney en su vejez) tiene cáncer y que
va a morir, probablemente se despliegue en su garganta un
abanico de sensaciones que incluye entre otras al miedo
y la compasión. Miedo en la medida que asocia esta muerte
de una persona singular al concepto de muerte en general,
en el cual, indefectiblemente, se sabe incluido. Compasión
ya que aún poco sabe sobre Edward Bloom. Cree que es un
pobre viejo. Un pobre viejo enemistado con su hijo por el
patético defecto de inventar historias estrafalarias para
encubrir las actitudes más abyectas.
Sucede
que el relato se encarga de ubicar al espectador en esa
posición. Presenta a Edward Bloom según la imagen que su
hijo William (Billy Crudup) tiene de él. William,
por su parte, tiene una vida simple y llana, y en consecuencia
previsible, como la de la mayoría (aclaro: no la totalidad)
de las personas a las que Tim Burton se propone manejar.
Las historias que su padre le ha contado desde pequeño (y
sobre las cuales insiste aún en el día de su casamiento),
le resultan tan inverosímiles como pueden resultarle a la
mayoría de los espectadores. En consecuencia, ninguno de
los presentes en la sala de cine se opondrá demasiado a
la decisión del joven de distanciarse de su padre; no lo
condenarán por haber estado tres años sin hablarle. Pero
tal vez sí se incomoden un poco, al igual que lo hace William,
cuando llegue la noticia de la inminente muerte. Todo esto
ocurre porque William está hecho a imagen y semejanza de
la mayoría de las personas que pueden hallarse en una sala
de cine en estos tiempos. Llevan una vida racional, que
encaja perfectamente con las normas impuestas por su sociedad.
Y entonces todos vamos junto a William a reencontrarnos
con el pobre Edward, para que nos cuente sus extrañas historias
durante el resto de película que queda. Y también junto
a Edward, buscamos la ocasión de preguntarle por qué nos
mintió durante tanto tiempo.
Aclaremos
otra cosa: William es un escritor de cuentos en ascenso,
prolijo, buen mozo y casado con una dulce y atractiva fotógrafa.
Pero cuando digo que su vida es simple, llana y demás es
porque en este caso da lo mismo que sea un frustrado contador
que administra una inmunda cantina y cada vez que llega
a su inmunda casa encuentra a su horrible mujer pintándose
de rojo las uñas de los pies mientras mira de reojo alguna
telenovela. Lo que intento remarcar es que Edward Bloom
es algo inconmensurable para cualquier persona, sea quien
sea, que se sienta cómodo viviendo día a día encerrado en
una rutina carcelaria. Por lo cual estará de acuerdo con
cualquiera que difame a semejante individuo.
Efectivamente,
Tim Burton utiliza la visita de William como pretexto para
repasar las aventuras de su padre, y el espectador si bien
es muy probable que las disfrute, entiende por qué William
está tan escandalizado: las historias que cuenta Edward
Bloom se asemejan a cuentos de hadas. De este modo, a diferencia
de lo que hace en otras de sus películas, el director contrasta
explícitamente dentro del relato un universo ficticio con
otro al que evidentemente le otorga el valor de Realidad.
No
tiene sentido describir todas las aventuras relatadas pero
sí mencionar una que le ocurrió a Edward ya de niño. La
bruja del pueblo en el que vivía era famosa por tener un
ojo de vidrio, en el cual el que mirase vería reflejadas
las circunstancias de su propia muerte. Edward se enfrentó
al ojo, supo ya de niño cómo sería su fin y así pudo vivir
su vida despreocupado de algo ante lo cual sabía que no
podía hacer nada, llegado el momento. Y entonces vivió.
Es
simplemente una fábula. Es obvio que a nadie podría pasarle
algo así. Supongo. Pero haya existido o no la bruja con
su ojo de vidrio, lo cierto es que Edward optó por vivir
como si hubiera existido. No significa que el personaje
no participe de la angustia que genera pensar en el fin;
angustia propia de todas las personas. Pero al menos desplaza
esa preocupación del lugar central de su vida.
Y
eso no es todo. Aliviado de la carga de la muerte, ya no
se detuvo jamás en todo lo que implicara tranquilidad y
seguridad a costa de estancamiento. Se fue de su pueblo
natal, a pesar de ser la persona más popular allí. Poco
después de iniciado su viaje, encuentra un pueblito que
no es menos que un paraíso terrenal. Permanecer en ese lugar,
que probablemente era el más apacible y hermoso de la Tierra,
implica no vivir otras aventuras. Y entonces Edward Bloom
decide seguir su camino. Esta actitud resulta insólita para
las personas que están toda su vida queriendo obtener cierta
tranquilidad, regularidad y reposo. Por ello es probable
que los espectadores, si bien se encariñan con la simpatía
del personaje, se alarmen con su devenir. Edward recién
se tranquiliza un poco cuando obtiene eso por lo cual más
lucho y trabajó en su vida: el amor de una mujer. Y no cualquier
mujer, sino la única a la que amaba.
Por
poner de manifiesto estas posibles actitudes humanas que
acabo de mencionar, la película me resulta enormemente valorable.
Sobre todo en tiempos en los que los medios de comunicación
se encargan de fomentar la paranoia constantemente. Edward
Bloom subsiste guiándose por una lógica totalmente distinta
a la establecida. En este contexto, el hecho de fusionar
por primera vez el universo en que se desarrolla una ficción
con una diégesis muy similar a nuestra realidad adquiere
un significado especial. El director está tomando partido
en los acontecimientos más urgentes por los que atraviesa
el mundo. Decididamente.
Cuando
el viejo Edward finalmente muere (cosa que no es demasiado
importante si alguien no vio la película, porque se sabe
que va a morir desde el principio, como todos los hombres)
ningún espectador se emocionará por este acontecimiento
tan trivial y predecible. Sí lo hará por comprender que
todo lo que contó Edward (y esto sí es importante) era
real: los personajes que poblaron sus historias asistan
a su despedida. Nos son exactamente iguales a como aparecían
en sus cuentos ya que en ellos Edward evidentemente los
exageraba. Pero en última instancia, los dos mundos aparentemente
tan separados resultan ser uno sólo y aunque los cuentos
que de Edward no sean totalmente “verdaderos”, los conceptos
que ellos encierran son igualmente válidos.
Tim
Burton expresa todo esto aprovechando la simpleza propia
de los cuentos de hadas, supongo que con la intención de
que todos puedan entender, o al menos sentir, el mensaje.
Sin por ello relega el espacio de su subjetividad. Espero
que la película no sea desatendida por la claridad en la
forma en que la historia esta contada. Los relatos más embrollados
no necesariamente apelan a una mayor participación del espectador.
Éste puede participar igual de activamente en cualquier
relato si se propone reflexionar sobre el mismo.