Existe una especie de intuición
reveladora en algunas personalidades de talento que hace que, estando frente a
determinadas situaciones, perciban ese momento como la admonición de una
fractura en sus vidas. Cuando Pablo Picasso en 1907 realizó
Las señoritas de Avignon, supo antes de
efectuar su primer pincelada, que estaba frente a un desafío que generaría
consecuencias muy importantes en su carrera y en el arte. El cuadro, sin
embargo, no se considera finalizado.
Con Truman Capote y su obra
magna “A sangre fría”, podemos
afirmar que sucedió algo similar. A partir de su indagación para The New Yorker de los crímenes
cometidos en el pueblo de Holcomb, en 1959, se dio cuenta de inmediato que el
material con que se estaba enfrentando superaba las posibilidades de una
tradicional crónica periodística y antes que las yemas de sus dedos comenzaran
a golpear los tipos de su máquina de escribir, supo que a partir de su trabajo
la historia de la narrativa norteamericana daría un giro histórico.
La película aborda concretamente el
período de escritura de la novela, desde 1959 hasta 1965, y da cuenta de las
complejas vicisitudes del proceso de investigación que el escritor lleva a cabo
desde su llegada a Holcomb. La inmediata relación que establece con Perry
Smith, uno de los dos acusados del crimen de la familia Clutter, permiten poner
en evidencia las grandes contradicciones del escritor, los límites éticos de su
oficio y la lúcida conciencia que alumbró ese lugar de choque de fuerzas de dos
mundos que se contraponen en una misma nación.
En Truman Capote se conjugan ambos
mundos, su origen está en el interior de ese país y su consagración se
manifiesta en la metrópolis. De allí que la progresiva y erosionante
identificación que siente con la historia que va extrayendo del asesino también
le signifique interrogarse por su propio destino.
No sólo los crímenes significan un
elemento disruptivo en ese cosmos rural, desolado y conservador que atraen la
atención de Capote, sino también una primera conmoción que lo conduce hacia un
contacto brutal con las diferentes génesis de la violencia en la sociedad
estadounidense. La visión del rostro oculto bajo una mortaja de algodón de una
las víctimas dentro de un ataúd, es sin dudas una primera expresión, un primer
y doloroso acercamiento que puede ser leído en paralelo con su contracara, el
asesinato legitimado por el Estado: una vuelta al orden momentánea e ilusoria que
en realidad multiplica las cabezas del monstruo.
De esa experiencia no se puede salir
indemne, sólo se puede intentar aplacar sus consecuencias mediante su
asimilación y posterior materialización en un libro cuya maestría pasó a formar
parte de la cultura occidental. Su desenlace estuvo signado por la
incertidumbre y por una profunda aflicción que se perpetuaría cobrando forma en
una violencia más silenciosa.
La mímesis que establece Philip
Seymour Hoffman con el personaje que da título al film es altamente
destacable y lo confirma como uno de los actores más sobresalientes de su
generación. De todos modos, cabe preguntarse si la pregnancia que genera no
obtura las posibilidades que la historia le ofrece a la narración. Los
personajes secundarios aparecen apenas esbozados, funcionales pero siempre en
una misma dirección, sin llegar a tener peso propio. La excepción quizá se
registra en las escenas que se desarrollan en la intimidad de la celda de
Smith, cuya tensión destacada por oportunos primeros planos alcanza por
momentos el clima que más nos aproxima a la sombría interioridad de los
protagonistas.
A pesar de la objeción mencionada, “Capote” es un film satisfactorio que
permite además pensar acerca de los factores que implican un hecho artístico,
independientemente del género que involucre.