La mayor objeción que se le atribuye a Oliver Hirschbiegel, director de “La Caída”, es haber construido un relato donde se presenta a un Hitler humanizado. ¿Qué implicancias o significaciones se le quieren atribuir al término cuando se dice esto? Renegar de la condición humana de nefasto personaje es un sin sentido.
Lo que hace “La Caída” es alejarse de la imagen conocida del vigoroso orador de los grandes escenarios, venerado por la masa, para hacer un retrato de su intimidad. Si bien en el ámbito privado también aparece el Führer enérgico y colérico, hay otra faceta que lo muestra caballero y comprensivo con las mujeres, afectuosos con los niños... y más considerado con su perra que con el pueblo alemán bajo ataque ruso (que según sus palabras, no es merecedor de conmiseración alguna dada su muestra de debilidad).
El film está basado en los libros “El hundimiento: Hitler y el final del Tercer Reich” de Joachim Fest y en “Hasta el último momento: La secretaria de Hitler cuenta su vida” de Traudl Junge, quien fuera la secretaria del dictador durante los últimos tres años del régimen. La acción se centra en abril de 1945. Ante la invasión del ejército ruso sobre Berlín, Adolf Hitler se encuentra confinado junto a Eva Braun y sus colaboradores en su bunker subterráneo.
La película juega en contraponer dos situaciones temporalmente paralelas. Por un lado, lo que es la vida en el bunker; por otro, lo que sucede en el exterior a escasa distancia de allí: una Berlín convertida en frente de batalla, humeante por el bombardeo, bañada en sangre y a punto de caer. Pero las escenas de combates resultan forzadas, parecen puestas para exponer despliegue de producción y conseguir ese efecto de realización comercial-artística importante, lo que hace que la película funcione mucho mejor en los registros íntimos que en el afuera convulsionado.
Es bajo tierra donde ocurre lo más interesante. El bunker tiene vida propia, y por momentos parece ajeno a lo que está ocurriendo. La caída es inevitable e inminente, sin embargo -o por eso- junto a la planificación de -imposibles- estrategias militares se siguen sucediendo cantos, bailes, cenas engalanadas... todo acompañado por generosas dosis de alcohol y cierto descontrol, mientras los ecos del bombardeo llegan con una fuerza atronadora e incesante desde el exterior. Bajo ese contexto, y con el aliento de los rusos en la nuca, se hace más extraño como sostienen todavía ese ánimo festivo y pueden vivirlo con tanta naturalidad.
Está claro igual que comparando como está la situación en la ciudad, no son ellos quienes se están llevando la peor parte en esta historia. Pero tampoco el bunker es la panacea. El director sí acierta en la construcción de ese espacio asfixiante. Espacio reducido que se comprime aún más a partir de la utilización de primeros planos.
Mediante largos travellings y steadycams, acompaña a los personajes en su recorrido por esos pasajes de paredes blanquecinas que se perciben húmedas y frías, de ambientes pequeños y cuartos herméticos que se parecen más a bóvedas que a habitaciones. Pero a medida que el relato avanza, tantas son las líneas de conflicto abiertas que muchas no terminan de resolverse con eficacia. Y el vasto desfile de personajes termina convertido en un muestrario de arquetipos: los colaboradores leales, los traidores, los más sensatos, los siniestros, el niño nazi, la fiel compañera...
De la figura en esplendor del Führer de la primera escena (que transcurre 1942 y en la que aparece encuadrado en contrapicado acentuando esta idea) poco queda ya, dando paso a un Hitler cada vez más patético, senil y disminuido (también cinematográficamente: con la cámara a la altura de sus ojos apenas entran en el encuadre los hombros de los demás).
Una vez que acontece el suicidio de Hitler y su mujer, la película inevitablemente se diluye, y el desenlace, que parece prolongarse hasta el infinito, se hace un compendio de horror y trazos gruesos que no escatima en heridos, amputaciones a serruchazo limpio de brazos y piernas, suicidios y asesinatos.
No pretendan encontrar una indagación profunda en las causas del nazismo, porque no la hay.
El exterminio judío es sólo mencionado en un par de frases disparadas por Hitler. Para el director, todo parece reducirse a que la guerra es producto de éste y de unos cuantos seguidores devotos tan lunáticos como él, y de otros temerosos incapaces de refutarlo (y siempre apoyados por un pueblo que al votarlo les concedió ese lugar de mando, y que ahora, despiadadamente, es abandonado a su suerte).
Termina la película, y en una entrevista aparece en pantalla la real Trauld Junge, diciendo que su juventud no debió ser excusa para no haber advertido las atrocidades cometidas por el régimen del que estaba siendo parte.
Con la pretensión de constituirla como un punto de vista ingenuo e inocente (¿cómo el pueblo alemán?) la Junge de ficción se pasa toda la película manteniendo los ojos abiertos en expresión de ¿qué estoy haciendo acá? Sin embargo, no sólo no hace nada para salir de allí cuando puede (sin saber por qué, bajo influjos de una fuerza misteriosa) sino que renueva su compromiso con el nazismo.
Por eso sus palabras finales huelen más a una justificación correcta que a un cuestionamiento sincero.