Cine
 
EL ARCA RUSA, de Alexander Sokurov  
 
Belleza subversiva
 
   
 

El pintor argentino Guillermo Roux dijo una vez que "la belleza se volvió subversiva". Lo mismo puede decirse del cine de Alexander Sokurov. Si antes su filmografía era un sueño perpetuo en los amaneceres del romanticismo, hoy, después de "El Arca Rusa", queda claro que ese sueño se convirtió en manifiesto, en defensa explícita de una época que este monstruo del cine añora como sólo puede hacerlo alguien que es indiferente a los logros (y horrores) del modernismo. Sokurov no es un reaccionario, es un artista que tiene una idea concreta de lo que pretende expresar, es un creador que se rige por el gusto de lo que ama. Si no, nadie podría explicar como los espectadores sucumben a la fascinación de sus películas, como logra conmocionar con sus imágenes a personas que treinta y cinco años atrás creían en palabras como "revolución". Y Sokurov no es un reaccionario justamente porque su cine, siempre en los límites de las hazañas técnicas, siempre al borde de la experimentación es simplemente... revolucionario.

"El Arca Rusa" despedaza el sentido de la realidad. Nos sumerge en el sueño desde una perspectiva opuesta a la visión freudiana. Nos zambulle en percepciones románticas, despojadas de toda transformación (y refutación) posteriores. Lo que sufre (y goza) Sokurov es "un derramamiento del sueño en la vida real", parafraseando a Nerval. O citando a Karl Philipp Moritz "Como vivía únicamente en el mundo de las ideas, todo lo que una vez se había impreso en su imaginación era real para él; había sido arrojado fuera de toda relación con el mundo real, y el tabique que separa el sueño de la realidad amenazaba con derrumbarse". En "El Arca Rusa", el derrumbe ocurre. Sokurov venera la cultura clásica. No es un clasista porque no pretende representarla ni exhumarla. Como un auténtico romántico, sabe que sólo puede sentir nostalgia. Jamás podrá regresar a ella. Pero lo suyo no llega a ser "platonismo desgarrado". Sokurov, aunque le pese, es un cineasta del siglo XXI. Lo suyo puede denominarse "romanticismo desgarrado". "El Arca Rusa" no es una película histórica. Aunque recorre trescientos años, se trata de un viaje a través del espíritu de esa historia, o si se quiere, de la porción que los zares juegan en ella. "El Europeo", ese personaje desquiciado que guía al narrador (cuyos ojos son un increíble uso de la steady cam) es la transfiguración corporizada de aquello que fascina al realizador. Es un diplomático europeo que habla ruso, o que incluso pudo nacer en Rusia a pesar de ser francés (o incluso ser el mismo Sokurov, aunque este sea el narrador). Vive en las entrañas de un Museo, jamás se asoma a un exterior que sabe nocivo, que presiente una absurda república, que ya no tiene lugar para el amor por la cultura clásica. Sabe que su era sucumbió, que solo el arte de aquellos cuadros que conoce de memoria persisten en la eternidad. Rembrandt, Van Dyck, El Greco. Dice ignorar a Richard Wagner porque este supo transportar la revolución a su propia música, porque a pesar de ser el último genio que dio el romanticismo, su obra sembró las bases del modernismo, una palabra que "El Europeo" (y Sokurov) no están dispuestos siquiera a nombrar. Uno puede estar de acuerdo o no con tal postura, pero la belleza subversiva de las imágenes, la intensidad hipnótica del texto y la apasionada visión de aquél mundo perdido conmueven irresistiblemente, no ya con la nostalgia, quizá sí con la melancolía, pero seguramente con la añoranza. Añoranza de algo que no puede recuperarse. De sensaciones y vivencias que no se repetirán jamás.

Sokurov ataca con argumentos inmensos. Nos muestra el arte de una época que lograría obras insuperables, que aún era motorizado por la fuerza del humanismo, que no dejaba lugar a nada que no fuera genial. La obsesión zarista (y monárquica) de transportar el arte a la realidad de los palacios se nos vuelve, por momentos, maravillosa. Se sabe, el arte es la expresión más sublime del ser humano, es el latido más puro y desinteresado. El ego, la fama y las riquezas son premios insignificantes para alguien que pudo crear lo que no existía y obsequiarlo a la mirada de la humanidad. Lo digo desde un país (y un mundo) que rinde culto a las armas de lo obsceno, a la porquería visual, a la estupidez sonora y a la mediocridad moral, estética y humana más terrible y humillante que se pueda imaginar. En fin, a la barbarie. Es imposible que, por un segundo, no quiera pensar como "El Europeo" y decir "No, no, yo no salgo. Me quedo acá (en la película de Sokurov)"

El final, no deja de ser patético (¡Qué irritante escuchar ese vals! ¡Qué irritante presenciar el maniqueísmo de esos seres etéreos, ciegos a la miseria que su riqueza desprecia!). Pero queda grabado en la mente del espectador como sólo puede hacerlo un sueño. Citemos de nuevo a Moritz: "Una idea enteramente apagada se había reanimado un día en el sueño; ahora recuerdo el sueño, e indirectamente, y solo a través del sueño, recuerdo las ideas reales". Pensar que Sokurov redime a sus criaturas con el filtro de lo onírico, de lo poético o de lo estético es caer en un error que evitaría comprender su mensaje. Revisemos la historia. La Revolución Bolchevique aniquiló a esas niñas aladas que transitaban galerías (entre ellas Anastasia), a esos músicos europeos que permitían romper el vínculo con la tierra, a ese arte apolíneo que odiaba la vulgaridad de lo real. El pueblo ruso tuvo que soportar (después de soportar a los Zares, obvio) la instauración de un régimen totalitario que arrasó con millones de víctimas inocentes, que tendió prohibiciones por doquier, que convirtió la utopía de un mundo equitativo en una pesadilla que solo sirvió para partir el mapa en dos imperios (ambos perjudiciales para todos) ¿Sokurov trata de contemplar el justo (y hermoso) hundimiento de una era? ¿O desea reivindicarla? Todos conocemos los estragos que cometió el zarismo. En determinado momento, "El Europeo" dice que la gente no debería correr detrás de los Zares, ya que podría alcanzarlos. Lo que me molesta de las aristócratas es que corran detrás del arte. Alcanzarlo significa romper el lazo con lo terrenal, condenarse a la burbuja de un palacio, huir de las necesidades de aquellos que no pueden acceder a lo sublime. El arte sólo puede ser alcanzado por los artistas. Aunque debemos reconocer (y Sokurov lo hace) que muchas veces fueron esas aristocracias (monarquías, Zares, etc) las que permitieron que ese arte sobreviviera a la barbarie. Yo no puedo asegurar si Sokurov pretende enaltecer a los aristócratas. Su genio apuesta siempre al enaltecimiento del arte. Pero puedo coincidir en una cosa: nunca me llevé bien con la barbarie. Soy un romántico. Cómo él.

 
Russkis Kovcheg
 
 
Rusia, 2002, 96 minutos.
 
     
Dirección: Alexander Sokurov
Guión: Alexander Sokurov y Anatoly Nikiforov
Producción: Jens Meuer, Karsten Stoter, Andrey Deryabin
Productora: Jens Meuer, Karsten Stoter, Andrey Deryabin, The Hermitage Bridge Studio (S. Petersburgo), Koppfilm Gmbh (Berlin)
Dirección de fotografía: Tilman Buettner
Montaje: Stefan Ciupek, Sergei Ivanov & Betina Kuntzsch
Diseño de arte: Yelena Zhukova, Natalia Kochergina.
Dirección de Vestuario: Maria Grishanova, Lidiya Kryukova, Tamara Seferyan.
Intérpretes: Sergei Dreiden (el extraño), Mariya Kuznetsova (Catalina la Grande), Leonid Mozgovoy (el espía)), David Gioborgobiani (Orbeli), Aleksandr Chaban (Boris Piotrovsky), Maksim Sergeyev (Pedro el Grande)
Estreno en Buenos Aires: 9 de noviembre de 2003.
 
     
Publicación: Abril 2004
 
 
Nombre
     
 
 
E-Mail:
 
 
Web/Blog:
 
 
Comentarios:
     
 
Tratá de no excederte y ser respetuoso.
 
Código de seguridad
       
Escribe lo que ves en la imagen
       

     
vANESSA DE JESUS | Martes 05 de Agosto de 2008
email
     
Maravillosa! Sin duda esta obra de Sokurov trasciende lo político. Entre otras posibles lecturas me sugiere una reflexión sobre el arte como aquello que permite al hombre trascender sus propias limitaciones no sólo políticas, sino físicas y temporales. Pensar que es reaccionario es precisamente no poder aprecisr la magnitud del mensaje ( los mensajes) que contiene, es no haber sentido nunca, frente a un cuadro, en un museo, la presencia de otros hombres y mujeres que vivieron en el pasado, dialogando con nosotros. A mí, la verdad, me pasa permanentemente, quizá por eso este film me resulta sumamente bello y pleno de sentidos.
       

 

Aleksandr Sokurov


 
Velvet Rockmine es una revista independiente sobre música, cine y expresiones artísticas. Los derechos de los contenidos pertenecen a sus autores. Se permite la reproducción, pero si nos consultás antes. | correo@velvetrockmine.com.ar