Es sabido que el género de terror no
goza de las simpatías de la mayoría del público. Más bien, podríamos afirmar
que sus seguidores constituyen una minoría consolidada y extremadamente
pasional, de la cual muchos de sus integrantes se caracterizan por una
fidelidad y una exigencia que no considera contemplaciones. Algunos de ellos,
además, son capaces de sumergirse en debates interminables acerca de los más
mínimos e inadvertidos detalles para el común de los mortales.
Como autor de éstas líneas, advierto
que no me identifico como parte de esa tribu - mucho menos me considero su
enemigo - lo cual puede entenderse como una toma de distancia a la hora de
valorar el fenómeno.
Los
primeros minutos de “El Descenso” permitieron generarme algunas expectativas en cuanto a cómo podrían evolucionar
argumentalmente algunos indicios interesantes. A saber: ¿qué papel desempeñarían elementos naturales
tales como el agua y la tierra?, ¿qué sucedería con las interacciones y los
conflictos subyacentes entre los personajes, tomando como eje, el fatal
accidente en donde fallecen la hija y el esposo de una de las protagonistas? ,
¿qué importancia tendría el orden de los instintos en relación a lo femenino?
También en otro orden, ¿cómo incidirían determinados elementos premonitorios? ,
y por supuesto, ¿cómo emergerían en el relato los temores atávicos a la
oscuridad y a los lugares cerrados?
Lamentablemente, todas esas
expectativas fueron frustrándose a lo largo de los minutos restantes de manera
irremediable, transformándose el descenso, en una caída hacia infiernos de
naturaleza más cercana y material.
Resulta
particularmente simbólico que el momento en que el grupo ya no puede volver
sobre sus pasos para salvar sus vidas, coincide con el momento en que la
película comienza a precipitarse hacia resoluciones carentes de toda
originalidad, y a desarticular todas y cada una de sus no pocas posibilidades
de generar aquellas emociones que son imprescindibles para poder gozar de este
tipo de relatos.
Precisamente, lo que ocurre es que la
previsibilidad se apodera de cada escena a través de todos los clishés
imaginables. Los aspectos lúdicos más obvios le ganan el terreno a las ideas.
Esto es comprensible ya que no hay el menor intento de riesgo por parte del
realizador y guionista. Parecería ser que Neil Marshall hubiera olvidado la
lección de que todo aquello que conforma la puesta en escena de un film, no
debe dejarse librado al azar. Mucho menos a la irresponsabilidad. Debería haber
tenido presente que subrayar hasta el cansancio el papel del sonido, o
determinado tipo de ángulo de iluminación, son recursos que no siempre generan
resultados positivos cuando operan aisladamente.
Más claro es el error de suponer que
abusar de la sorpresa reemplaza los efectos psicológicos que genera el
suspenso. H.P. Lovecraft en el terreno literario y Alfred Hitchcock han dejado
bien sentadas las bases para poder comprender dicha diferencia.