Hay
muchas maneras de perturbar a un espectador a través de una puesta en escena.
Algunos films de terror recurren al trillado recurso del
bass efect para
generar el sobresalto en la butaca; Lars Von Trier o Gaspar Noé acuden al
martirologio de sus criaturas -y al nuestro por añadidura-; pocos, sin embargo,
lo consiguen utilizando como herramienta el mayor despojo posible de recursos.
Los hermanos Dardenne, claro, se ubican en ese selecto grupo.
Presentemos
primero a los directores, siendo que en Argentina los distribuidores parecen
considerarla una tarea insalubre. “La Promesa” es su primer film, de 1996, y el único estrenado en
nuestro país, aunque varios años después de su realización. “Rosetta”, en 1999,
les permitió obtener la Palma de Oro en Cannes; curiosamente ese film, que
muchos consideran una obra de arte, jamás se estrenó. “El Hijo” es su anteúltima película, antes que ganaran en Cannes
2005 nuevamente la Palma de Oro por “L’Enfant”,
de próximo estreno en Buenos Aires.
Volvamos al film en cuestión. Olivier es carpintero y
decide enseñarle el oficio a un joven. Algo los une (o los separa), pero no
develaremos qué. Sobre este eje giran los cien minutos de metraje. ¿Cómo
deciden estos hermanos mostrar la historia? Sin música, sin introducción a
través de preámbulos informativos, con pocos diálogos sustanciales, y con una
cámara en mano que incansablemente persigue de cerca y por detrás a Olivier en
unos arduos planos secuencia a lo largo de toda la cinta; una cámara que corre
con él, va y vuelve, sube, baja, hace que sintamos su respiración. Y una cámara
que, al simbiotizarse con su protagonista, exalta el fuera de campo de forma
tal que uno enseguida piensa en Bresson. Con estos parámetros uno podría pensar que “El Hijo” encuadra con las normas del
ya añejo Dogma 95. Sin embargo un análisis que apenas se interne en lo profundo
de la cinta hará trizas esta suposición.
El resultado de la puesta es una
exageración de la esfera afectiva, algo que inequívocamente genera
perturbación. Uno no se identifica con Olivier –no puede hacerlo- porque no
llega a comprender los motivos por los que toma tal decisión. ¿Redención?
¿Venganza? ¿Locura? No lo sabemos. Nunca lo sabemos. Y no lo sabemos gracias a
la mise en scene que los Dardenne proponen como estilo. El suspenso se
crea a partir de una puesta minimalista; lo difícil termina pareciendo
sencillo. La intensidad afectiva del film, su ascetismo, raya la desnudez de la
madera fría, desprotegida, ávida de un cuidadoso mantenimiento. Sostener el
suspenso con un pequeño puñado de recursos es un mérito del que pocos
realizadores actualmente pueden jactarse. La pereza creativa de algunos
directores lleva a cargar la pantalla de abundantes sobreexplicaciones que por
lo general entorpecen mucho más de lo que aclaran.
En
uno de sus primeros escritos Freud planteaba una interesante comparación entre
la pintura y la escultura; en la primera, uno tiene que rellenar un lienzo
blanco para obtener la obra de arte; en la segunda, por el contrario, frente al
gran bloque de piedra debe uno quitar partes con un cincel, deshacerse de lo
que sobra, para llegar a la forma deseada. En este último camino ubicaba al
método psicoanalítico de indagación de lo inconsciente. El mismo sendero que
toman los hermanos Dardenne para relatar un drama familiar que hace de la
carencia algo virtuoso. De la resta una multiplicación. Y si alguien cree que
lo preciso de las matemáticas hace imposible tal operación supongo preferible
que elija hacer cálculos y ecuaciones en lugar de entregarse a un film que
puede ser muchas cosas, pero jamás una fórmula con un resultado exacto.