Si hay algo saludable en las pretensiones de un artista es transitar caminos alternativos. Arriesgar, moverse por ámbitos menos conocidos, sórdidos, ásperos. Albertina Carri había conseguido elogios y premios por mostrar en “Los Rubios” una versión novedosa acerca de la última dictadura militar argentina, compuesta por hechos autobiográficos y playmobils. En “Géminis” se hace a un lado en la temática y decide inmiscuirse en una familia de clase alta que esconde un perturbador secreto: una relación incestuosa real entre dos hermanos, Jeremías y Meme, aunque en este caso lo hace con mucha menos pericia.
El contexto: la simplificación
Algunos elementos comienzan a conspirar contra una historia que, desde el manejo de la cámara, intentaba erigirse sólidamente. Más allá de ser la relación de los hermanos el eje y motor del film, Carri decide hacer correr con el mayor peso a Cristina Banegas, una madre que oscila entre el nerviosismo, la depresión, y una obsesiva necesidad de mostrar(se) que todo está regio. El papel rápidamente se caricaturiza, y lo que debiera acercarse, por decir, a la composición de Julianne Moore en “Lejos del Paraíso” termina asemejándose al más rancio simplismo de Norma Aleandro en “Cama Adentro”. Banegas logra salir airosa con una composición para el recuerdo, aunque para eso deba lidiar con un guión endeble, algo perezoso, y persistentemente artificial. Es que el tema que acerca la película es difícil y el contexto en que se enmarca demasiado fácil. Entendible entonces lo poco digerible de este retrato aristocrático postizo.
Jeremías y Meme viven un amor que, de no mediar la condena social y el tabú del incesto al que tanto énfasis le dedicó Freud, podríamos considerar puro. Se quieren, se gustan, se buscan, se acarician, tienen sexo y lo disfrutan. El placer de lo prohibido puede alimentar su morbo, pero no llegamos a estar seguros de eso. “¿Salís primero vos?” se preguntan después de un polvo en las escaleras de Club 69. Miradas cómplices, deseo, todo lo que rodea la pasión de una pareja... de hermanos. La composición de los personajes y su discurrir actoral repleto de frescura le otorgan a “Géminis” esa naturalidad que le falta al retrato vetusto de una clase alta satirizada en exceso.
Imitación de la vida
No existe pretensión de sorpresa en “Géminis”; la temática puede encontrar desprevenida a una minoría de espectadores que llega a las salas con ninguna información anterior, y lo que va pasando escena tras escena puede preverse sin un gran esfuerzo, aunque esto no conspira contra el film. Se puede anticipar quién va a ser el primero en descubrir el secreto, y cuál puede ser el tenor de su reacción. Mientras tanto los hechos se suceden con mayor o menor importancia (hay un viaje a una casa de campo, una ceremonia de casamiento, y luces que parecen aviones) esperando el inevitable momento en el que lo oscuro salga a la superficie. Vaya sorpresa, la escena del descubrimiento es en sí misma un hallazgo a contramano del resto del film. Apoyado en un conjunto de actuaciones sobresalientes y un incesante movimiento de cámara, por un momento “Géminis” se aparta del lastre que venían significando las historias secundarias y esta visión de clase alta manteniendo su fachada, logrando lo que debería ser obvio teniendo en cuenta su temática: generar emociones. Perturba, incomoda, lastima. Consigue que nos conectemos con el sufrimiento de sus criaturas quizás por primera vez.