La Historia, un mundo y una ciudad que cambia.
El discurrir inexorable del tiempo que se hace carne en nuestra vida más allá de que nos hagamos o no grandes cuestionamientos. Un micro de línea que nos conduce a lo largo de un día por las calles romanas, llevándonos de un lugar, de un destino, de una historia a otra. Camino transitado en una ciudad emblema, que conjuga pasado y presente. El pasado, en sus antiguas construcciones y en viejos de memoria ensombrecida. El presente, en sus nuevos escenarios y en jóvenes que se divierten, bailan, aman y también se comprometen con su tiempo. El diálogo casi siempre complicado entre generaciones distintas; el legado que se transmite de padres a hijos, la enseñanza de hijos a padres.
La cámara digital de Scola parece meterse por un rato en la vida común de seres comunes, recorre la ciudad durante un día y se cuela, como si no estuviera -como un ojo intruso e invisible que todo lo capta- en la vida de los romanos.
Desde la intimidad de dos personas en un pequeño departamento, hasta salir a la calle a mezclarse con la gente que copa una plaza en un encuentro de izquierda (donde aparece como orador un encendido Nani Moretti); desde escurrirse por los salones casi vacíos del Capitolio al alba (que le permite capturar a través de un balcón un instante de espléndido cielo romano) hasta llegar a un boliche repleto hacia el final de la noche.
Y la pasión siempre ahí presente. Pasión por la política, por el fútbol, por un nuevo amor, por una mujer que deja ver sus piernas a través de una ventana para el disfrute de la mirada adolescente...
Pero aunque el registro sea en la mayoría de los momentos del tipo documental, esto es ficción que se evidencia con el uso de recursos narrativos (incluso fantásticos, porque aquí los muertos hablan desde sus tumbas) y técnicos (como es congelar un momento entre una abuela y su nieta en una especie de instantánea fotográfica).
Jugando con una narración construida por fragmentos que son trozos, instantes de vida (estructura similar, en cuanto a la profusión de personajes, a la utilizada en “El Baile” o en “La Cena”, pero no igual, porque en “Gente de Roma” las historias se clausuran sin recuperarse en el devenir del relato) las escenas se dan paso unas a las otras sucediéndose con fluidez, y Scola no se detiene particularmente en ninguna, porque el día continúa y parece haber muchas historias que contar.
Historias que tienen rostros mayoritariamente anónimos (niños, viejos, hombres, mujeres, negros y blancos) que construyen una Roma hermosa, sí, pero alejada de la postal turística.
En este universo recortado, Scola elige poner el foco en los desocupados, los marginados, los solitarios. Aquellos que viven en las calles, que piden, que se la rebuscan limpiando vidrios o posando disfrazados en las fotos de turistas, que todavía sobreviven...
Y escudriña en la relación del romano con el otro, que son los muchos inmigrantes que - con el rótulo de “extracomunitario” estampado- adoptan la ciudad. Relación confusa, a veces de indiferencia, a veces de amor, a veces de odio. La idiosincrasia del romano aparece compleja y contradictoria.
Y la ciudad como escenario globalizado donde un grupo de chinos hace tai chi en un parque, y donde conviven en un mismo plano un panel con las cotizaciones del mercado y una niña sosteniendo un cartel que dice: tengo hambre.
Es cierto que si bien no todas las historias funcionan con igual peso (algunas sólo pasan de largo y se desvanecen rápido) ninguna está exenta -aún bajo un manto de ternura un poco ñoño en algunos casos- de crítica e ironía.
Si no podemos concretar en el mundo real esa frase que dice que todos los caminos conducen a Roma, la película de Scola nos permite acercarnos bastante.