“Mi
nombre es Analía Couceyro, soy actriz, y en esta película
hago de Albertina Carri”. Esa frase se escucha a los
pocos minutos de iniciado "Los Rubios", y alcanza
para confirmar algo que se dijo hasta el hartazgo: el film
es cine dentro del cine, es ficción y documental, es Albertina
Carri filmándose a si misma en un Otro que hará todo lo
posible para meterse (y meternos) dentro de su historia,
y fundamentalmente dentro de su presente.
La
historia real dirá que los padres de la directora
(Roberto Carri y Ana María Caruso) fueron detenidos y desaparecidos
por el terrorismo de Estado de la última dictadura militar
argentina, en el año 1977, cuando ella tenía 5 años, y con
sus dos hermanas mayores tuvo que exiliarse en el campo
por miedo a ser la siguiente víctima de un alud que pareció
arrasar con todo lo que tenía a su paso. Pudieron acabar
con la vida de 30 mil personas, pudieron sembrar raíces
de odio que hoy lamentablemente siguen dando algunos frutos,
pero no llegaron a terminar con la memoria de las generaciones
siguientes, y mucho menos con la creatividad y la originalidad
de una talentosa realizadora, dispuesta a sublimar su dolor
y transformarlo en una verdadera obra de arte. Un manifiesto
cinematográfico.
La mezcla
de ficción y realidad es una cierta tendencia de algunos realizadores
actuales, sacando a la luz productos realmente interesantes.
Pensemos, si no, en "En construcción",
la última película de José Luis Guerín que tuvo (vaya sorpresa)
su estreno comercial en nuestro país por el mes de mayo. El
film, centrado en la demolición del tradicional barrio chino
barcelonés en miras de construir uno más moderno y cosmopolita,
se mostraba como un documental
ficcionalizado. Utilizo
esta definición –arbitraria como pocas- para categorizar una
manera de registrar escenas en las que los protagonistas actúan,
en el sentido más amplio del término, como si allí no hubiera
una cámara. Resulta imposible, igualmente, que Albertina tome
el lugar de Guerín. Ella
es los rubios del título,
y la historia –real, ficcional- la tiene necesariamente como
protagonista. Por eso filma, por eso
se filma.
Lo que
comparten los films de Carri y Guerín es algo que resulta
vital para evitar lo que el ya fallecido crítico francés Serge
Daney presagió como la muerte del cine (y que está más cerca
de lo que imaginamos). Se trata de entender al cine como un
arte del presente. En su obra
Perseverancia [
1]
afirma
“Hoy, desde un punto de vista místico e intransigente,
diría que el cine es el arte del presente (en el sentido más
amplio del término, no sólo el del periodismo, sino también
el presente de la rememoración, de la evocación) y cuando
no lo es, no es cine y punto”. En la escena donde la
película parece rozar la excelencia, cuando leen la carta
en la cual un necio INCAA niega la financiación del proyecto,
los argumentos expuestos son la falta de testimonios
de
un lado y del otro (¿alusión a la reaccionaria teoría
de los dos demonios?), exigiéndole a Albertina que hiciera
un documental sobre el pasado del horror y el horror del pasado.
La respuesta de la realizadora de "Barbie también puede
estar triste" sorprende por la madurez: no quiere mostrar
lo que pasó, sino la resultante de ello; para el INCAA
la
historia está en lo que pasó; para Carri, en la construcción
de la identidad a partir de aquello que pasó. Diferencia fundamental
con otras películas que se acercaron a la cuestión del horror
del Proceso, algunas muy logradas como "Garage Olimpo" de
Marco Bechis, "Los Rubios" se constituye desde allí como
una producción original y creativa al máximo.
"Los Rubios" es una
película sobre la identidad de una directora, y nuestra identidad
como sociedad. Carri dice en un momento que se le hace muy
difícil la construcción de su propio ser en base a versiones
disímiles, contradictorias, algo que se traslada al film,
a través de los testimonios de las personas entrevistadas.
Debe toparse allí la realizadora con gente que estuvo (y sin
saberlo está) en contacto con los rubios, y con la poca o
nula colaboración en la reconstrucción de los hechos. Son
estos los frutos que dejó el monstruo de la dictadura fascista
en nuestro país enquistados en muchos sectores de la sociedad;
cuando uno se topa con ellos la exigencia de resistir desde
la memoria es cada vez mayor.
El
barrio chino barcelonés ya no existe más; las 30 mil personas
que luchaban en nuestro país por una sociedad más justa y
solidaria fueron desaparecidas. El cine aparece como nunca
antes en su función de registro.
“Hay demasiadas cosas
importantes en el destino de los pueblos, de las naciones
y de las masas que no pueden volver porque en rigor nunca
se las vio. Y tengo miedo que eso sea algo definitivo”,
continúa Daney. Eso es exactamente la muerte del cine, y la
película de Carri, versando sobre la memoria y la identidad
(propia y colectiva), llega para ocupar un lugar trascendente
y necesario en la historia de nuestro cine. Allí quedará para
siempre esta realización, y particularmente la escena final,
la de los rubios caminando hacia algún lugar mientras suena
“Influencia” de Charly García, uno de los momentos más conmovedores
que recuerde haber vivido dentro de una sala de cine.