Movern
Callar regresa a su casa de un sombrío pueblo escocés luego
de otra jornada de trabajo como cajera de supermercado. Su novio
yace muerto en el piso del living frente a las luces brillantes
del arbolito de Navidad. Ella parece paralizada. Pero finalmente
decide ir a bailar. Éste es el comienzo de "El Viaje de Movern",
la segunda película de Lynne Ramsay (la anterior es "Ratcacher"),
cuyo título original es el de esta joven opaca y aturdida que
flota entre enigmáticos estados existenciales. Es la historia
de una joven cuya historia nunca se conoce realmente; una heroína
inusual de la metamorfosis adolescente, cuya moral no es otra
que la que surge de las reglas obligadas de su vida.
La
película está basada en la novela de
Alan Warner, que ya
contenía una particular mirada sobre las decisiones de moralidad
dudosa. "
No trates de entender. Parecía lo correcto para hacer"
es lo que el novio le deja a Movern como carta de suicidio junto
a una novela de su autoría, una lista de editores y dinero suficiente
para publicarla. Ella parece no intentar siquiera entender, y
borra sin piedad, tecla por tecla, el nombre de aquel en la portada
de la novela para poner el suyo. Usa el dinero para viajar con
su amiga a España y abandonar su empelo sin avisarle previamente
a nadie. Corta en pedacitos al muchacho en la bañera, mientras
en su walkman se escucha "
I'll do anything for you / anything
you want me to / Oh I'm sticking with you" ("I'm Sticking with
you", de The Velvet Underground).
Lo
que Ramsay hace con estos elementos narrativos desde el lenguaje
cinematográfico es extremarlos. Utiliza todo aquello al alcance
de su mano para evitar lo previsible: espacios vacíos, tiempos
frágiles, interpretaciones mecánicas y marchitas. No se intenta
jamás explicar lo que sucede con Movern. No hay respuestas ni
razones que justifiquen sus actos. No se dice mucho sobre lo
que Movern piensa. Sin embargo, al concluir el film, surge la
fuerte impresión de haber transcurrido hora y media dentro de
la mente de esta complicada muchacha, y no, por el contrario,
estar alejados de ella como pasivos espectadores. No es por
la voz en off que se muestran sus pensamientos: es la luz, los
colores, los sonidos. Y quizás sea allí, en esa construcción
totalitaria de los mecanismos que ofrece el cine, donde llega
la reflexión, incluso la comprensión e identificación con el
personaje: por fuera de la palabra, transmitida directamente
en la piel, en una atmósfera densa, donde la música que sale
de sus auriculares (Can, Broadcast, Ween, Aphex Twin) resulta
más que elocuente para acompañar el dolor, el desequilibrio
y la ira. Es esa limitación intencional de sólo construir sensaciones,
ambientes, y no palabras lógicas, lo que se convierte en el
elemento más sobresaliente de un film enigmático y desafiante,
al mismo tiempo que intenso y personal.