"Quisiera que conservaras en la memoria lo hermoso de estos días;
tendrás necesidad de su recuerdo cuando, como yo, hayas entrado en edades sin retorno. "
de "El Gran Meaulnes" de Henri Alain-Fournier
Una manaña grisácea, un blazer desprolijo y una cobarta a tono. Un río que tal vez podría ser un mar, con su inmensidad toda. Las palabras ausentes y la compañía del resoplar del viento. Un mundo interior sin voz exterior, pero en búsqueda.
"Nadar Solo" es una película sobre adolescentes, pero no necesariamente para adolescentes. Está hecha por y para aquellos se encuentran (o rememoran estar) en la orilla o en los primeros pasos dentro del inabarcable océano de la adultez. Es una película sobre búsquedas interiores, de la necesidad del encuentro de guías que nos acompañen por los inciertos caminos de la vida, sobre lo incierto de su encuentro.
El máximo protagonista es Martín (Nicolás Mateo, de notable actuación), de 17 años, alumno del último año de un secundario privado de Zona Norte, parte de una familia de clase media. Junto con su amigo Guille (Santiago Pedrero) comparte el desgano hacia el colegio, que lo lleva a ratearse en cuanta oportunidad le es posible. Ninguno de los dos es un rebelde ni nada cercano, simplemente su mundo es otro, el de su banda de rock que sufre los vaiveles de la vida de sus integrantes o el de la contemplación bucólica. Pero de esa contemplación surge la necesidad de una búsqueda, la de una hermano perdido, la pieza en el rompecabezas existencial que no alcanzan a cubrir una remera de Morrissey o una foto de Thom Yorke. Con su languidez propia, Martín emprende la búsqueda de ese hermano, que a final de cuentas encierra la necesidad del encuentro consigo mismo.
Cuando el relato lleva a Martín en su búsqueda a una Mar del Plata en invierno teñida de celeste melancolía, la película eleva su tono poético. El encuentro con Luciana (Antonella Costa) convierte la búsqueda en un encuentro, el de un corazón que late casi igual que el suyo, el de un amor que no necesita ponersele nombre ni dotarlo de besos. Ese amor no es otra cosa que encontrar una compañía en la inmensidad de la soledad. Compartir silencios que no incomodan, palabras que no se dicen pero que están.
En esta, su ópera prima, el veinteañero Ezequiel Acuña muestra una admirable madurez como realizador. Dejando totalmente de lado cualquier rastro de cancherismo o vacía ironía propia de las típicas aproximaciones a la adolescencia, la suya es una mirada simple y sincera. Es una obra sumamente personal, que a la vez no se preocupa en esconder a los referentes obligados (Truffaut, Kitano, Rohmer), y que se dota de los mejores aspectos de las óperas primas generacionales, a la vez que se distancia de sus vicios. Por demás destacable también los aportes musicales, a cargo de Marcelo Ezquiaga (voz y compositor de Mi Tortuga Montreux) en la parte incidental y de las canciones aportadas por los Jaime sin Tierra, que le dan al film un clima de introspección.
Siempre se nos dijo que la adolescencia es una etapa donde aprendemos a afrontar la madurez venidera. Al sentir que el crepúsculo de la misma se nos vino encima, es inevitable preguntarnos si realmente hemos aprendido todo lo que necesitabamos para afrontarla. El miedo y la sensación de soledad dejan muestrar su sombra. "Nadar Solo" nos muestra que después de todo la soledad no es tan mala cuando, se tiene con quien compartirla, con quien no temer sumergirse en lo profundo del mar.