Bienvenido
al sistema. Una silueta negra nos da la idea de un trajeado oficinista. El
afiche del film se completa con el título en grande y, en un tamaño bastante
menor, la leyenda que reza “
una película de Alberto Fuguet”. No es este
último un detalle menor. Es ineludible analizar una obra, cualquiera se trate,
partiendo de su realizador. En Chile, Fuguet es una celebridad; primero
periodista, luego escritor, logró patear el tablero con su “Sobredosis”,
hacerse masivo a través de “Mala Onda”, y ahora, recién pasados los cuarenta,
se largó como director de cine. Un latiguillo le permitirá soportar las
presiones en este nuevo rol:
lo perfecto es enemigo de lo bueno. Quizás
por allí radique la clave para entender una película novedosa para el panorama
cinematográfico trasandino, criticada más por quién es su autor que por
cuestiones estrictamente fílmicas.
Complejidades
El film se centra en un personaje que se dedica a
componer música para películas; ha traspasado la barrera de los treinta y se
encuentra paralizado porque mantiene como un pesado ancla sus ideales de
juventud. “Nunca haría música para Julio Iglesias ni aunque me ofreciera un
millón de dólares, porque eso es tranzar con el enemigo”, manifestaba en
sus últimos días como adolescente. La realidad lo muestra hoy estancado
mientras ve cómo sus amigos han obtenido éxito, reconocimiento, dinero, o la
combinación de todo eso traicionando los rígidos planteos que sostenían
en su tierna mocedad. El dilema, entonces, se vuelve obvio: mantenerse en los
márgenes de la ideología de mercado, tranquilo con la propia conciencia,
contando las monedas para cubrir los gastos mínimos; o bien, hacerlos un poco
más flexibles, permitiéndose negociar algunos puntos de un severo decálogo de
principios en pos de ganar en comodidad para llegar más holgado a la forma de
vida deseada. Simplificando: el personaje principal se plantea la dicotomía de
estar dentro o fuera del sistema.
Ahora
bien, en los albores del siglo XXI, ¿es válida esa dicotomía? Sin adentrarnos
sobre si hoy en día las ideologías respiran o, como pretenden inculcar algunos
autores, asistimos a su lenta agonía, entiendo que el planteo elegido por el
director es algo simplista. Y que con esa reducción la construcción de
personajes y situaciones empieza tullida. Claro que antes que director de cine
Fuguet es escritor, y su fuerte está allí, en la narración. Y sabe darle una
vuelta de tuerca para que la cinta no se ahogue a la media hora (y nosotros con
ella). Su protagonista, es evidente, deberá resignar unos lugares de su
riguroso manual para poder moverse, para darle forma a sus sueños inmóviles. He
aquí entonces la complejidad... esta postura de claudicar frente a lo que el
sistema impone, ¿es una manera de aprobarlo o es una crítica? Tengo mi punto de
vista, y creo que es coincidente con el del director: se trata de una crítica,
claro que en términos mucho menos perezosos que los ideales que sostiene sin un
ápice de cuestionamiento el personaje principal de esta búsqueda. Allí donde el
idealista es mostrado como alguien perdido (y no como un perdedor) es donde “Se Arrienda” gana en ambigüedad. Y
donde su director logra compensar algunos planteos algo haraganes.
La importancia de llamarse Alberto
Fuguet es
una marca. Al momento de conseguir apoyo para este primer film, el escritor
golpeó las puertas del FondArt chileno sin obtener respuesta favorable, por lo
que debió acudir a soporte privado. Sólo con ver la cantidad de auspiciantes
que acompañan los créditos alcanza para tener real dimensión de las ventajas de
contar con un buen nombre. Aunque, claro, un personaje público odiado por un
amplio sector del progresismo trasandino, tildado de extranjerizante,
democristiano (los tibios, los que quieren quedar bien con todos, como
los conocen en Santiago), un veterano periodista de El Mercurio, el equivalente a lo que en Argentina es La Nación, y además un viejo crítico
de cine que en su libro “Dos hermanos” confiesa que disfrutaba destrozando películas
malas, todo esto hacía pensar que esa ventaja inicial también tendría un feroz
contrapunto. El olor a sangre fresca despertaría en los lobos famélicos su
hambre y sed de venganza. Y esta presa sería demasiado fácil...
Algunos
puntos hacen coincidir a sectores de la izquierda chilena con la argentina. El
primero es la incapacidad de criticar aquello que proviene del seno de la misma
izquierda. Uno ve largometrajes de propaganda que son impresentables, incluso
con estéticas conservadoras, y son pocos los que alzan la voz venciendo el
miedo a ser tildado de derechista. Otro, que va de la mano con el
primero, es la simpleza con la que conciben a las sociedades y al mundo en
general: se está de un bando o se está del otro. Alguien es “de los nuestros” o
es enemigo. Hay una llamativa incapacidad para encontrar grises, para
identificar lo que el sociólogo argentino Gregorio Kaminsky llama “lo
progresista dentro de lo conservador y lo conservador dentro de lo progresista” [1];
en palabras más sencillas: matices. Planteos que ya en los años ´70 quedaban
obsoletos, extrañamente siguen en vigencia, como si existieran dos clases de
personas, como si todo pudiera pasarse por un tamiz y quedara aquello que es
útil, válido, y aquello que no lo es. Justamente lo que se le criticó –con algo
de razón- a “Se Arrienda”, y
que está explicado unos párrafos más arriba. Cuando Fito Páez estrenó “Vidas
Privadas” tuvo que sufrir las más feroces críticas que yo recuerde con un
realizador que encaraba su primer proyecto. Entre los argumentos que hubo que
leer y escuchar apareció uno que le achacaba el no haber estudiado en una
escuela de cine, y de filmar por tener plata. Por suerte, como dice una
de sus más logradas canciones, la estupidez del mundo nunca pudo y nunca podrá
arrebatar la sensualidad. Argumentos de similar tenor, un insulto al
pensamiento crítico, se hicieron presentes ante el estreno de la ópera prima de
Fuguet. Tanto él como Fito no son “de los nuestros” y esa diferencia había que
hacérsela sentir. Bienvenido al sistema.
Literatura
Ahora
devenido director de cine, Fuguet pide que no lo llamen escritor sino narrador.
Curiosa similitud la encontrada entre sus novelas y este primer paso, el punto
de contacto lo ubica en el trabajo de guión. Creo que es aquí donde “Se Arrienda” muestra su veta más
endeble y donde las críticas deberían focalizar. Hacer cine no es redactar en
celuloide. Las palabras deben dar lugar a las imágenes. El soporte donde se
inscribe la historia no es una hoja en blanco sino, es obvio, un rollo fílmico.
Y Fuguet, decidido a presentar batalla en el panorama poco narrativo del cine
chileno de los ´80 y los ´90, hace el más fuerte hincapié en el trazado del
guión, a veces descuidando las posibilidades que da el trato de la imagen y el
sonido. La premisa fue escaparle a una estética publicitaria, y debe
reconocérsele que, más allá de una extraña escena en la que varios jóvenes
acostados en el pasto son tomados desde arriba mientras explicitan sus sueños
futuros –algo que podría ser el comercial de un yogurt bajas calorías-, lo
consiguió. Quizás ese temor también lo llevó a sobrecargar la trama con
historias paralelas poco interesantes en lugar de explotar técnicas netamente
cinematográficas. Desde este lugar, la metáfora de mostrar Santiago vacío en un
desolador blanco y negro, el recurso más arriesgado empleado en la cinta,
cierto es que poco aporta y torna redundante algo que estaba explicado en la
disyuntiva de quedar dentro o fuera del sistema. Si “Se Arrienda” recibió el rótulo de film conservador no es
por las ideologías políticas de su realizador, o del periódico que auspiciaba
el film (una argumentación cínica y bastante boba), sino por ver a su director
contenido, quizás con miedo a darle rienda a tantas posibilidades. Apostó a lo
conocido, a donde se siente como pez en el agua, al relato de historias de
personajes en busca de su destino en una apartada capital latinoamericana, como
si fuera este un capítulo más de “Las
Películas De Mi Vida”.
"Se
Arrienda" fue un rotundo éxito de público en Santiago y aún hoy, a casi seis
meses de su estreno, permanece en cartel. Su director consiguió el respaldo
necesario para una segunda película que, vaya paradoja, será la adaptación de
un libro chileno de Francisco Mouat. Posibilidad clara para que el trabajo de
guión se centre únicamente en la adaptación para la pantalla grande y le
permita a Fuguet conectarse con su parte netamente cineasta y, superados los
temores del debut, le consienta desenvolverse con más soltura en un ámbito en
el que a fuerza de empujones y sorteo de obstáculos ya obtuvo un lugar con
nombre y peso propios.