Sólo una sociedad pacata como la estadounidense, la misma
que se aterró un par de años atrás cuando en un Super Bowl uno de los pechos de
Janet Jackson vio la luz, puede hoy día sentir escozor por la historia de dos
vaqueros homosexuales. Más aún si uno observa la forma tibia elegida por Ang
Lee para relatar un romance tan apasionado como intermitente, tal la relación
entre Jack y Ennis. Si “
Brokeback Mountain” produce alguna “molestia” no
es precisamente por ver a dos muchachos amándose, sino por la exaltación que
hace de
lo masculino y por el peligro que representa transpolar el
estereotipo del macho semental a la comunidad gay con el fin de
normalizarlo todo. Pero vayamos por partes...
(Des)Estructura
“Secreto
en la Montaña” (vaya título el elegido por los distribuidores) tiene el
armado de un melodrama. Hay una historia de amor que se narra a través de los
años, con momentos de realización y de penuria, y son varios los personajes que
forman parte de los veinte años que abarca el relato. Sin embargo, pese a que
los acontecimientos se suceden con velocidad, el film carece de la potencia
narrativa que los melodramas suelen tener (valga como ejemplo “Sublime Obsesión” del gran maestro
del género Douglas Sirk), y lo que es peor, que los films del propio Ang Lee
suelen tener. Este director oriental tiene experiencia en el retrato de seres
incomprendidos (“El Tigre y El Dragón”,
“Hulk”), como así también en la
realización de dramas que entrecortan la respiración (“Sensatez y Sentimientos”). Vaya sorpresa, entonces, toparnos con
un film que se muestra moroso por momentos y que comente el pecado de volverse
algo ligero en otros.
Debe destacarse, sin embargo, que
las situaciones atravesadas por Ennie y Jack podrían haber sido objeto de todos
los clichés conocidos, tanto en las historias de temática gay como en los
dramas sobre relaciones imposibles. La sutileza de Lee queda grabada a fuego
sobre un pequeño caballito de madera que hará de puente entre el idílico inicio
y el no tan feliz final de la pareja.
Cuestión de actitud
Lo dicho: existe un estereotipo de
masculinidad que los cowboys representan cabalmente. Escupen, toman cerveza
tirados en un sillón, putean, patean su camioneta cuando no funciona, y hasta
se casan y tienen hijos. Pero a algunos, como dice el escritor chileno Pedro
Lemebel, también se les quema el arroz. Entonces los amoríos entre mancebos se
darán apasionadamente... aunque dos veces al año, en una montaña perdida en el
medio de la nada, durante años y años. No importan los vericuetos, las excusas
para escaparse, ni lo que sufran a lo largo de ese tiempo. Importa que estos
mártires de una sociedad opresora vivan sus deslices a espaldas del resto. Y,
por supuesto, que conserven su impronta masculina. Valga como ejemplo la escena
en la que Ennis concurre con su esposa y sus dos hijas a un festival en el
pueblo y a dos motoqueros que se van de boca termina cagándolos a patadas. La
cámara lo toma con la faena terminada, en un plano en contrapicado, mientras
los fuegos artificiales de fondo parecen asentir que el sueño americano tiene
un nuevo héroe. No es casual que hace unos años, con el estreno del film
argentino “Plata Quemada”,
algunos críticos de cine (al unísono con organizaciones de derechos de gays y
lesbianas) celebraron que los personajes rompieran con el estereotipo de gay
afeminado que abundaba especialmente en la pantalla chica (de “Matrimonios y Algo Más” al
impresentable Gianola de “La Familia
Benvenuto”). Esos rudos cuerpos que Piñeyro hacía arrastrar traspirados
buscando concretar el robo del siglo eran bien vistos por buena parte de la
sociedad que celebra la heteronorma aún en la diferencia. En “Brokeback Mountain” sucede algo
similar. Está bien siempre y cuando los desviados se parezcan a los normales;
allí está la clave para lograr lo más anhelado en una sociedad occidental:
pertenecer. Y pertenecer, claro, tiene sus privilegios.
Negocios en la gran ciudad
Se dice que en EE.UU. están
premiando con el Oscar (al menos con las nominaciones: al momento de escribir
estas líneas no se han entregado los galardones) un film provocador por mostrar
el romance entre dos vaqueros. El planteo no puede ser más ingenuo. Una pequeña
lectura entre líneas deja al descubierto que tras una fachada progresista se
esconde el acérrimo espíritu intolerante de siempre. Provocar con un film de
temática gay es filmar “The
Raspberry Reich” de Bruce la Bruce. O la ópera prima de Alain
Berliner, “Mi Vida en Rosa”.
“Brokeback Mountain” es un film que puede resultar tan inofensivo (o tan
peligroso) como un capítulo de “Will
And Grace”. La pregunta que surge entonces es si la cuestión gay, al
decir de Didier Eribon, negociará su status propio a cambio de unas estatuillas
y de convertirse en la moda del momento, o conservará su costado más
interesante y menos frívolo, ese que lo constituye en un constante desafío y un
dolor de cabeza a las instituciones conservadoras que se erigen como factores
de poder.