Cine
 
EL HOMBRE DEL BOSQUE, de Nicole Kassell  
 
Herencia Pesada
 
   
 

Walter camina hacia una niña que ajena a su presencia observa unos pájaros. Él, adverso a relacionarse con los demás, encara a la chica con actitud amistosa. Esboza una sonrisa muy particular, que tiene tanto de afable como de perversa.

Al comienzo del film vemos a Walter saliendo de la cárcel, después de cumplir condena por abuso infantil. De allí en adelante, la cámara no se despegará de él en ningún momento.

En aquel lugar, parado junto a la niña, amparado en la soledad de un parque de frondosos árboles pero ausente de personas, abominamos su manejo para concretar sus atroces intenciones; sin embargo en esa instancia lamentamos que su propuesta voluntad de no reincidir esté por sucumbir ante ese deseo que le resulta irrefrenable. “No lo hagas, no lo hagas”, nos decimos. La sangre se nos hiela imaginando lo que puede pasar. Pero tememos tanto por la víctima como por el victimario.

El riesgo asumido por la directora debutante en largometrajes Nicole Kassell -egresada de la Universidad de Nueva York- de encarar el relato desde el punto de vista de un pedófilo nos coloca como espectadores en un lugar nada complaciente. Una cosa es plantear una película desde el punto de vista de la víctima, como se hace usualmente, y otra muy distinta es sacudir la comodidad de ubicarse desde lo que es indudablemente correcto para apropiarse de la mirada del victimario, sin caer en compadecimientos hacia el personaje ni poner en duda lo aberrante de los hechos. Este procedimiento pone en marcha toda una serie de cuestionamientos y reflexiones ante los que son nuestros propios presupuestos.

Ahí radica el punto vital de la película y el porqué funciona de manera tan inquietante. “Hay algo bueno en ti”, le dice a Walter una mujer con la que se relaciona. “Yo puedo verlo”. Nosotros espectadores, también.

Walter camina las calles resguardándose de la mirada ajena: hombros encogidos, manos en los bolsillos, cabeza gacha. Su propia mirada se esfuerza tanto en reprimir las lágrimas como su cuerpo sus impulsos. El contexto para este hombre es hostil. La intención de reinsertarse socialmente le depara enmarañados vínculos con esta mujer, su psicólogo, un policía, y reiteradas bofetadas por parte de sus compañeros de trabajo y de su familia.

Walter es un personaje complejo, en plena lucha consigo mismo y con el afuera. En los primeros -e intensos- planos de Kevin Bacon se percibe toda la contradicción que atraviesa su ser: alguien que no confía en los demás pero que tampoco se siente confiable.

De la misma forma agazapada y silenciosa en la que un animal se acerca a su presa, así Walter actúa cuando no puede reprimir su atracción hacia alguna adolescente. El sonido se anula en esos momentos. Pero la mayoría de las veces el fuera del campo -urbano- se presume caótico y llega a distinguirse con claridad una sirena. La  presencia policial, que es para Walter la amenaza de volver a la cárcel, está siempre acechando, aún dentro de su propia casa.

El trabajo con los planos subjetivos permite comprender el sentimiento de persecución en el que vive (miradas que cree le son dirigidas) como así también el deseo que le genera la sensualidad incipiente de los cuerpos adolescentes (el ascenso por la escalera mecánica de un shopping donde quedan expuestas las piernas de una chica puede representar para él un descenso a los infiernos).

Pero no hay atisbo alguno de morbosidad en la película, como no hay gratuidad en ninguno de los planos. Desde la captación de lo que es un pequeño gesto (como oler el pelo de su novia) a la inserción recurrente de algunos objetos, todo está ahí por una razón; haciendo referencia a lo que fue o antecediendo a lo que vendrá.

El montaje, con algunos pequeños cortes que son una sutil detención del momento, y a veces fragmentando y combinando distintos tiempos, opera como gran herramienta en la construcción del estado de confusión del protagonista. Para Walter el pasado vive irremediablemente en su presente.

Es verdad que la insistencia sobre ciertos símbolos (los pájaros, Caperucita Roja, una pelota en clara referencia a “M” de Fritz Lang) hace caer a la película en cierta redundancia. Pero está claro que Kassell elige trabajar desde lo simbólico y no desde el efectismo.

Encarar una película sobre una cuestión tan ríspida como la pedofilia (hoy más candente que nunca en los EEUU que sigue con morbosa expectación las alternativas del juicio a Michael Jackson) no es nada sencillo. Pero el film se coloca en una vereda opuesta al circense tratamiento que muchos de los medios hacen del tema. Yendo mucho más allá de la anécdota acerca de si Walter reincidirá o no, los caminos por los que nos lleva nos proponen una indagación más profunda de algo tan atroz como el abuso infantil. Sin ligereza, porque el tema es demasiado serio como para permitirlo, pero sin solemnidades, psicologismos berretas, posturas maniqueas o golpes bajos. Participamos de la lucha de un hombre en su intento de recomponerse en una sociedad que prefiere marginarlo y etiquetarlo como un monstruo (como si de esa forma exonerara definitivamente la raíz del mal) y que sin embargo avala cuestionables y crueles comportamientos y conductas de aquellos exponentes de la llamada “normalidad”.

 
The Woodsman
 
 
EE.UU., 2004, 87 minutos.
 
     
Dirección: Nicole Kassell
Guión: Steven Fechter & Nicole Kassell
Producción: Lee Daniels
Fotografía: Xavier Pérez Grobet
Edición: Lisa Fruchtman & Brian A. Kates
Música: Nathan Larson
Diseño de Producción: Stephen Beatrice
Protagonistas: Kevin Bacon, Kyra Sedgwick, Benjamin Bratt, Eve

Distribuidora: Telexcel
Estreno en Buenos Aires: 9 de junio de 2005
 
     
Publicación: Junio 2005
 
 
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Nicole Kassell


 
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