Rara vez una obra me hizo cambiar
radicalmente de opinión con respecto a un grupo. Me pasó a principio de los noventas,
cuando “Achtung Baby” y “Zooropa” me permitieron escuchar a U2 preocuparse por extender su paleta sonora mas allá de la guitarra con delay de The Edge (que jamás toleré) al servicio de un puñado de buenas canciones. Me
pasó cuando Radiohead pasó de ser un grupo que hacía equilibrio en el
tedio de sus dos primeros discos para pasar a musicalizar ajustadamente la
angustia de la vida moderna con “OK Computer”. Y me volvió a pasar
cuando confirmé con “Trueno Tierra” que La Renga es quizás el único grupo verdaderamente masivo en este país que se permite ir más
allá de su férrea identidad para resignificarse en otra cosa.
“Trueno Tierra” es un disco que apela
a un viaje, al transcurrir del tiempo estando en movimiento. De entrada, el
grupo de Mataderos ya parece querer deshacerse de la épica de la esquina, del
barrio, del lugar de pertenencia para mudar su identidad al no-lugar, a la ruta. La concepción de viaje que maneja la banda es dual: mientras que el primero de los dos
cds dispara imágenes de una deriva terrenal, a través de una ruta sin fin (el
viaje más físico, corpóreo, representado por la tierra), el segundo apunta a un
viaje más espiritual, más introspectivo, a partir de los tracks instrumentales
que lo conforman (representado por el trueno).
El primer disco aparenta continuar
con el rock pesado de siempre. “El Monstruo que Crece” y “Almohada de Piedra”
son claros ejercicio de género, algo que La Renga ya viene dando muestra de su destreza en el mismo. Los arreglos de vientos en “La Boca del Lobo” pueden ser una primera señal de apertura a otras sonoridades. Pero el
verdadero quiebre se da con “Palabras Estorbantes” y “Llenado de Llorar”, donde
la adrenalina se disuelve en la taciturnidad: la primera con una lírica
fantasmagórica, alucinada y existencial (“Los árboles rodeándome / Puedo
verte descubriéndome / En las copas, que se vuelcan en la brisa / Y descubro
que me hablas y yo / Soy presa y parte /De la lengua que me habla / Me habla
sin palabras”.) que deja paso a un exuberante trabajo de guitarra
eléctrica; la segunda con Gustavo Nápoli y su acústica entregando una de
sus mejores canciones y una de sus mejores letras (“La piedra es piedra
porque sabe que / Cuanto más dura triunfará / Pero tu alma hecha de cristal /
Contra esta vida se hará trizas”). La letra del single “Oscuro Diamante”
puede resumir el espíritu de la relación existente entre el viajar por senderos
sin un rumbo determinado y una búsqueda espiritual, casi mística, cuya raíz se
puede encontrar en las grabaciones de Pappo’s Blues y Vox Dei, dos pilares del
rock pesado local (“Busquemos vida algún lugar / Al reparo del mundo sin
brillo que hoy / En el cosmos de la mente / Se hizo estrella opaca”).
El segundo disco, de zapadas, sólo
debían ser editadas de esta manera porque, lejos de ser meras maquetas o demos
para futuras canciones, son entidades en sí mismas, donde se destaca
“Anaximandro”: 15 minutos de riffs de guitarras a lo Jimi Hendrix Experience/ Led
Zeppelín, que luego derivan en un jam pesado con aires hasta de jazz. La
libertad que tanto es mentada en las letras de la banda nunca estuvo tan bien
representada en el lenguaje musical que maneja como en este cuarto de hora sin
palabras.
“Trueno Tierra” significa para La Renga por un lado, el perfeccionamiento de un estilo cada vez más personal y único: la mezcla
entre el hard rock metafísico con los momentos mas introspectivos donde se
permiten climas mas enrarecidos. Pero por otro, el disco instrumental
representa para el quinteto el comienzo de un recorrido hacia terrenos
desconocidos hasta ahora por ellos, arriesgando como ningún grupo de su status
de popularidad se ha atrevido, incluyendo aquellos que han hecho bandera de un
discurso vanguardista y renovador; un desafío a sus propios límites, a sus
leales seguidores y al slogan “Los mismos de siempre”, que alguna vez encarnó
la ortodoxia y el conservadurismo implícita en el rock nacional.