Uno no está acostumbrado a la clase de disco a la que
pertenece “Drum's Not Dead”. Es que en la era de la inmediatez, de la escucha
ultrafragmentada de música por TV o vía mp3, en medio de la inaudita efimeridad
de los artistas, es un deber parar la oreja y sacarle 48 minutos a la cotidiana
mediocridad habitual para invertirlos en lo inesperado, sorpresivo y sugerente
de un disco como este.
Insisto: el LP hoy por hoy está moribundo. Seamos
sinceros: determinamos si un artista nos gusta o no por el "single",
el "video" o el tema mostrado en el MySpace. Recuerdo una promoción
radial publicitando el nuevo disco de vaya a saber quien que rezaba "¿Hace
cuánto que no escuchas un disco?" o algo así. Pero “Drum’s Not Dead”,
tercer álbum del trío newyorkino Liars, llegó para darle pelea a la
peligrosa seducción del efectismo de las nuevas viejas modas. Porque sus doce
canciones se configuran como un todo indivisible, íntimamente relacionadas
entre sí, más allá de la conceptualidad involucrada en la temática del álbum:
la relación entre Drum y Mr Heartbreak, dos personajes antagónicos en su
carácter, el primero enérgico y caótico, el segundo más introspectivo y
relajado.
“Drum's Not Dead” es precisamente el relato de esa
tensión, cuasi esquizofrénica, que bien vale inducir que es aplicable a los
autores. En los tracks donde Drum es protagonista, los temas son guiados por
baterías cuasi primales, mientras desde las guitarras manan drones mántricos
por donde los falsetes vocales se deslizan con incomoda facilidad. En donde los
títulos de las canciones contienen las palabras “Mr Heartbreak”, reina una
calma nerviosa, como se tratara de un paciente gravemente accidentado pero en
estado estable y dopado con guitarras zumbantes, envuelto en vendajes con
formas de loops electrónicos y órganos análogos.
“Drum's
Not Dead” es noise entendido no como saturación inconsciente de
amplificadores Marshall a 11, sino como corrupción insospechada del ambiente
sonoro; es art-rock no como enumeración kilométricas de influencias de
la cultura superior, ajena al promedio de la humanidad, sino como superación de
sus propios limites y como riesgo permanente, aún con claras probabilidades de
equivocarse, punk desde la destrucción para construir, no desde la
ritualización de rebeliones pasadas.
El
paisaje sonoro es como la languidez de dientes apretados, como el huracán y el
ojo de la tormenta en el mismo metro cuadrado donde se encuentra parado solo,
sin nada a mano. Liars se plantea con “Drum's Not Dead” otro brusco cambio de
dirección en su accidentada y fabulosa carrera, de esas que ya no abundan en el
aburrimiento del espectáculo moderno.