Con
su segundo disco, Radiohead empezó a desmarcarse.
Ya habían pasado por el karma de ser la banda del hit del
momento ("Creep") y buscaban nuevos aires, sonando más
incisivos y profesionales. Las guitarras suenan aquí con
mayor profundidad y comienza cierta etapa reflexiva, que haría
tenerlos en cuenta por la crítica especializada y el público
más exigente.
Ritmos espesos, con ecos, guitarras al límite. "The Bends" explora en lo profundo del alma para sacar a la superficie los sentimientos
más tristes que se puedan imaginar.
Everything
is broken ("Todo está roto"), se escucha desde el
primer track, "Planet Telex", como si nos quisiera anticipar
que hay nuevas reglas de juego. Que las líricas y la música
ahora vienen algo más complicadas, como más enredadas.
El
sentimiento que nos recorre es entre la felicidad de escuchar un
excelente álbum y las sensaciones desgarradoras que letra
y música producen. Las baladas hacen suspirar (no precisamente
como los pegajosos lentos FM de los 80) y los tracks más
rockers, luego de transitar cuesta arriba, hacen saltar y explotar
de euforia, acompañando los riffs.
El
clip del primer corte, "High & Dry" muestra a la banda
tocando en un desierto bajo la lluvia, acentuando el costado melancólico. En
cuanto al concepto, podemos decir que es un disco que se aglutina
en la profundidad de las letras, poéticas por donde se las
mire.
Es
recomendable no escuchar (la extremadamente bella y triste) "Fake
Plastic Trees" en una noche solitaria y de capa caída.
El alma va a pedir piedad y el corazón puede hundirse, convencido
de estar sometido a una operación compleja, con demasiadas
exigencias, aunque pasada la tormenta puede hacerte sentir bien,
pero a costa de un proceso doloroso. A mitad del disco, podrás
dormir plácidamente ("Nice Dream") por unos minutos
para descansar y encarar la segunda parte, con más guitarras
estridentes ("My Iron Lung", "Black Star"), suspiros ("Bullet
Proof
", "Sulk") y el crepúsculo final ("Street
Spirit").
Escuchar
este álbum es como sumergirse en un mundo de tristeza y desolación
por un momento, para luego despertar excitado a fuerza de guitarras
explosivas que nos sacuden sin piedad. Es decir, se trata de un
álbum ciclotímico, que despliega climas densos y energía
rock por doquier, dejando en el paladar un exquisito sabor agridulce.
La banda ya no se pregunta si cualquiera puede tocar la guitarra,
como en "Pablo Honey", sino que, encontrando su mejor forma,
bucea en su propia alma y nos entrega un disco difícil de
superar.