Escenas de una carrera sobreestimada
 
   
por Jonathan Rosenbaum
 

La primera película de Ingmar Bergman que vi fue "El Mago", en el cine de la Quinta Avenida en la primavera de 1960, cuando tenía 17. La única manera de que pudiera ver la película esta semana después de la muerte del director sueco fue en un DVD de oferta que compré en París. Al igual que muchas de sus películas, "El Mago" no ha sido ampliamente disponible aquí por años.

Casi todos los obituarios que he leído dan por sentado la estatura del Sr. Bergman como una de las principales figuras indiscutibles en el cine - por su temática seria (la pérdida de la fe religiosa y la decadencia de las relaciones), por su experta dirección de actores (muchos de los cuales, como Max von Sydow y Liv Ullmann, presentó e hizo famosos) y por la dura severidad de sus imágenes. Si ponemos en Google "Ingmar Bergman" y "Great", se obtienen casi seis millones de enlaces.

Aunque, a veces, el mejor indicio de la continua vitalidad de un artista es simplemente lo que sigue siendo visible y lo que se sigue hablando de su obra. Lo cierto es que al Sr Bergman no se lo enseña en los cursos de cine o es debatido por fanáticos del cine con la misma intensidad que Alfred Hitchcock, Orson Welles y Jean-Luc Godard. Sus obras se ven con menos frecuencia en retrospectivas y en DVD que los de Carl Dreyer y Robert Bresson - dos maestros cineastas menospreciados por aburridos y pretenciosos durante el apogeo del Sr. Bergman.

Lo que el Sr Bergman tenía y que estos dos maestros carecían, era la facultad de entretener - que a menudo significaba una renuencia a desafiar los hábitos del cine convencional, como Dreyer hizo cuando construyó su peculiar forma de espacio fílmico y como Bresson hizo cuando construyó su peculiar forma de actuación fílmica.

Las mismas cualidades que hicieron que las películas del Sr Bergman llegaran con más facilidad que las de ellos - su fluidez narrativa y en el hábil manejo de actrices, comparable a las habilidades de un profesional de Hollywood como George Cukor - también los hace sentir menos importante hoy, porque tienen menos secretos que impartir. Lo que vemos es lo que obtenemos, y lo que oímos, por muy bien escrito o dramático, son cosas que probablemente hayamos escuchado en otra parte.

Entonces, ¿de dónde viene la reputación sobredimensionada del Sr. Bergman? Al menos parte de su recurso inicial en los años cincuenta parece vinculado al atractivo sexual de sus actrices y de la actitud relajada sobre la desnudez en Suecia; descubrir la hermosa apariencia de una película de Bergman significaba claramente también encontrarse con la belleza de Maj-Britt Nilsson y Harriet Andersson. Y para cinéfilos jóvenes como yo, mirando las películas de Bergman, al mismo tiempo que tenía mi primer encuentro con directores como Godard y Alain Resnais, era tentador considerarlo como un pariente espiritual, la vanguardia de una Nueva Ola Sueca.

Se trata de un error seductor, pero, no obstante, un error. Los comienzos estilísticos que vi en el Sr. Bergman en sus filmes de los años cincuenta y sesenta - el pastiche de película silente “Noches de Circo” (1953), el uso punitivo de la magia contra un médico-villano en "El Mago", el agresivo prólogo avant-garde de "Persona" - eran en realidad más funciones de su habilidad y experiencia como director de teatro que un deseo o la capacidad de cambiar el lenguaje del cine con el fin de decir algo nuevo. Si la Nueva Ola francesa abordó un nuevo mundo contemporáneo, el talento de Bergman se dedicó principalmente a la conservación y perpetuación de una Antigua Ola.

Curiosamente, el teatro es lo más comentado del genio del Sr. Bergman, pero el cine es lo que le dio la mayor parte de su reputación. Fue llevado una y otra vez al teatro del siglo XIX de Chejov, Ibsen y Strindberg - éstas fueron sus verdaderas raíces - y sobre la base de los testimonios de amigos que vieron algunas de sus producciones teatrales cuando viajaron a Brooklyn, hay una buena razón para creer que una gran cantidad de su prodigiosa obra de teatro, su métier, data de mucho tiempo atrás.

Recordamos al fallecido Michelangelo Antonioni, por sus misteriosos tiempos muertos, a Andrei Tarkovsky por su elaborada coreografía en largas tomas y a Orson Welles por sus exóticos ángulos y el staccato de su edición. Y recordamos a los tres por su profunda, multifacética inmersión en el mundo moderno - el mismo mundo del que Bergman parecía perpetuamente en retirada.

Bergman simplemente utiliza el cine (y más tarde, el video) para traducir sombrías obras escenificadas en su mente - psicodramas relativamente privados acerca de su propia relación con su elenco, y especulaciones metafísicas que condensaron los pensamientos de algunos pocos filósofos en lugar de ampliarlos. Lleno de heridas infligidas por la estricta crianza luterana del Sr. Bergman y diversas dudas espirituales, estas películas están a veces demasiado ensimismadas para decir mucho sobre un mundo más amplio, lo que limita la pertinencia que sus defensores suelen reclamar para ellos.

Sobre todo, sus películas no son tanto expresiones fílmicas como expresiones en fílmico. Uno de los aspectos más llamativos de la utilización del vídeo digital en "Saraband", su último largometraje, es su aparente desprecio por el medio, aparte de su utilidad como un simple dispositivo de grabación.

En lo que estaba interesado Bergman era en el registro de los mismos atormentados y torturados resentimientos neuróticos, el mismo pesar, e incluso la misma crueldad que se remonta a su trabajo de hace medio siglo. Al igual que John Ford, uno de los directores favoritos de Bergman - cuyo gusto por siluetas en movimiento a través de los horizontes compartía – él remodelaría interminablemente a su trouppe de actores confiables, sus dolores y obsesiones favoritas, como fragmentos de vidrio en un calidoscopio.

Es extraño darse cuenta de que sus emociones amargas y dolorosas, una vez combinadas con la excelente cinematografía y la magnífica actuación, podían convertirse chic - y reverenciadas como emblemas de propósitos más elevados en el cine. Pero esas emociones siguen siendo horribles, no importa cuán elegante podían servirse.

Aún más extraño para mí fue la forma en que siempre resonó con el público de Nueva York. La antiséptica y altanera mirada de los interiores de Bergman y su elenco principalmente rubio y de ojos azules, se convirtió en una marca para adoptar y emular. (Sus ingeniosamente presentados traumas fueron tan respetables que podían ayudar a vender café espresso en el lobby del Cinema de la Quinta Avenida). Bergman, famosamente, no sólo contribuyó a alimentar las aspiraciones art-house de Woody Allen, sino las aspiraciones de clase de Allen también - los dobles anhelos en última instancia, cada vez más entrelazados que parecen idénticos.

A pesar de todos los compulsivos superlativos ofrecidos esta semana, la estrella del Sr. Bergman se ha desvanecido, tal vez porque todos hemos crecido un poco, como espectadores y como adultos socialmente conscientes. Esto no disminuye su magistral uso de extendidos primeros planos o lo distintivamente teatral, aparentando ser un cine casero para sugerir que las películas podían ofrecer algo más complejo y desafiante. Y mientras las películas de Bergman pueden haber perdido gran parte de su relevancia, siempre serán un hito en la historia del gusto.

 
Traducción: Diego Guarrera

Artículo publicado originalmente en The New York Times, 4 de agosto de 2007

 
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Publicación: Diciembre 2007
 
 
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